jueves, 7 de abril de 2016

Atardecer en el tiempo
Novela en proceso...
  

Primera Parte

I
A las quince horas,  tiempo de abordo, me encaminé hacia el área de ascenso. Venía de la oficina de identificación y todo había salido bien. A mi alrededor los hombres se apartaban para dejarme pasar. Subí por la escalerita del caza y ocupé mi lugar.
En el estrecho asiento no podía separar los codos del cuerpo, y pensé que algo así debe ser cuando te meten en un ataúd. El frío intenso se filtraba por las ventanillas. Me ajusté el abrigo, metí las manos en los bolsillos y me quedé  mirando el horizonte pampeano hasta que fuera el momento del despegue. A partir de ese instante me quedé inmóvil, estaba allí sentado casi al punto del congelamiento.
Recorría con la vista el techo semi  pegado, la cubierta de los asientos raídas, miraba los rostros pétreos de mis acompañantes, cuando los motores empezaron a mover las hélices y el olor a gasoil lo invadió todo. Subimos sin dificultad pero no más allá de las nubes. Un cielo cargado y gris nos acompañó durante todo el viaje.
Suena mi intercomunicador. Una voz resonó en el auricular.
-         ¿Cómo estás? Te sentís cómodo.
-         Digamos… -respondí
-         Ya está todo arreglado – dijo Sara -. Buen Viaje!
Por un breve lapso entramos en turbulencia, el avión osciló. Me tomó por sorpresa miré hacia los lados para reconocer en impacto que había tenido en mis acompañantes. Nadie parecía haberse percatado.
Había perdido la noción del tiempo. Desde arriba el paisaje hacía un largo rato, se veía monótono, estábamos atravesando la inmensidad de la estepa patagónica.
El caza volaba por las inmediaciones de Sierra Grande, al menos eso me pareció tratando de reconstruir algunas de las experiencias de mis cuantiosos viajes por tierra, pero fue imposible orientarme. Las estelas de nubes bajas por las que atravesamos tampoco ayudaban a la tarea. Esperaba en algún momento la aparición de alguna ciudad, pueblo, asentamiento. Nada, la Patagonia es así. Extensiones de roca y duros arbustos, azotados por el más feroz de los vientos. Me recuerdo parado en medio de la nada acompañado por el viento golpeándome la cara, haciéndome escuchar su bravura al pasar por mis oídos con fuerza. Aún lo escucho y lo siento. Enloquecer en la soledad más pura a instancias de la naturaleza.
Lentamente se despejaba, cuando empezamos a descender. El color rojizo del atardecer entró por las ventanillas derechas y vimos el sol poniéndose lentamente saturando con destellos el cielo bermellón y naranja. Era el anuncio del Apocalipsis o simplemente retornaba en nosotros lo primitivo del mundo.
Una violenta sacudida y estábamos en tierra. Aterrizamos con los cuerpos rígidos pegados al respaldo. Oscurecía, las luces de las linternas de quienes nos aguardaban se movían acercándose hacia la compuerta del caza que no se abría,  lentamente la fila empezó a moverse.
Mis pies tocaban la superficie de ripio de la que estaba hecha la pista, llegábamos al aeropuerto de la localidad de “28 de Noviembre”, ubicada al sudoeste de la provincia de Santa Cruz. Me presenté, la aplicada gravedad con que me recibieron probaba que el rumor se había extendido por la zona.
Subimos a una cuatro por cuatro y comenzó el último tramo del viaje. Salimos a la ruta, el pavimento me reconfortó, hacia abajo se veía iluminada la cuadrícula de “28” como se la conoce popularmente en el lugar. Unos pocos kilómetros nos separaban del destino final la Villa Minera de Río Turbio, de donde se extrae el carbón que por décadas alimentó las usinas de extremo sur.
Decidieron que mi estancia no fuera en un hotel, para no ser interceptado por las gentes del pueblo, a cambio me dieron unas habitaciones bastante modestas pero bien calefaccionadas en un asentamiento cuasi abandonado, los vestigios de lo que fuera un barrio minero, llamado Mina 4.

Permanecí sentado en una silla de la habitación pensando, las paredes pintadas con brillante látex amarillo, las puertas y ventanas eran verdes, de un verde oscuro casi militar. Hacía mucho calor me quité el abrigo y lo colgué de un perchero que estaba pegado a la puerta. Abrí la ventana la diferencia termina era  notable, destrabé los postigos y los empujé, las bisagras chirriaron y de pronto frente a mí, se alzaba una estructura de hierro y chapa, una especie de gusano cuadrado con ventanas que desde lo alto cruzaba la ruta y se perdía entre los cerros. Era la planta depuradora de carbón que en su interior alberga una cinta transportadora que separa el mineral aprovechable del que no lo es.
Ignoré el frío y me quedé observando la planta en toda su extensión. Un golpe seco me quitó del ensimismamiento, cerré los cristales y pregunte:
-         ¿Quién es?
Nadie contestó. Salí al pasillo, pero nadie parecía haberlo recorrido, los pisos de madera crujen bajo el peso de las pisadas y yo no había escuchado más que el golpe. De apoco fui consciente de que me estaba desviando de mi trayectoria dejándome inducir al equívoco por los laberintos metales con los que me entrenaron para esta misión. Me recosté a leer esperando que se hiciera la hora de la cena, hojeaba los informes que había leído una y otra vez en la agencia ubicada en Buenos Aires. Los repasaba una y otra vez, tratando de encontrar alguna otra pista. Me fui adormeciendo, sentía que mi cuerpo caía apreté los párpados para asegurarme de que estaba entrando en un sueño profundo donde la solución empezaba a dibujarse. Los abrí enseguida y conecté la terminal a mi cerebro, no quería perderme de nada. Traté de conciliar el sueño una vez más y otra vez, la caída. Mi cuerpo perdía su contacto con la superficie material, estaba entrando. Los documentos se desplegaron ante mí, líneas cruzadas conectaban un punto con otro, un hecho al otro, un momento al otro, logré guardar todo en mi memoria externa, cosa que solo a veces pasa. Ahora debía salir del sueño, no debía demorarme mucho pues esos segundos oníricos representan un tiempo indefinido en la realidad. Tenía la certeza de que había sido lo suficientemente veloz, me desperté y miré el reloj,  el viaje había tomado dos horas. ¡Acababa de perderme un precioso instante! el cambio de turno de quienes entran y salen de la mina. Cuatro turnos de seis largas horas, 24 horas ininterrumpidas  de locura en lo profundo de la oscuridad hostil. Dicen que el carbón te va tomando de apoco hasta el punto de ya no poder vivir sin su compañía.
Esperé un minuto y volví a los documentos, un silencio estoico  sumía al pueblo desde hacía un par de años. Hice unos llamados, ninguna respuesta. Un rumor empezó a subir por las escaleras, eran dos hombres hablando por lo bajo, trate de escuchar pero me fue imposible, el crujir de la madera…  La luz comienza a ser intermitente, espero la inminencia de un corte de energía que no llega, el parpadeo sede lentamente y el brillo de las paredes vuelve a ocupar su lugar. Noto en ellas la condensación provocada por el calor, las gotas corriendo hasta  estallar en el sócalo. Necesito concentrarme, volver.
Me tire en la cama deje colgar mi cabeza, la habitación giró, estar al revés me ayuda a reflexionar, no puedo sucumbir al extrañamiento que se me impuso de pequeño. Cuando crecía en esas calles que a lo lejos se vislumbran cubiertas por la nieve de tantos inviernos.
Cuando me sentía abandonado llaman a la puerta era una mujer, su voz era peluda, era gruesa y bien formada ¡Por fin vamos a comer!. La seguí, atravesamos varios salones en semipenumbra  una puerta iluminada se acercaba  a medida que avanzaban nuestros pasos, atravesamos el umbral y busqué un lugar para esperar al resto de mis acompañantes. Aparecieron de a uno, muy vestidos para una gran ocasión. ¿De qué me había olvidado? Cuando estuvimos, todos subimos a un ascensor. Un haz de luz nos indicó la llegada a nuestro banquete. Comimos como cerdos, las mujeres parecían haber perdido los modales que se correspondían con el atuendo.
Ya volviendo medio borracho camino a mi habitación, estuche, oficina, que huele levemente a carbonilla, el rugir de lo que parecía ser un puma cortaba una violenta conversación. La escena se interrumpió, avancé, levanté la mirada y torcí el cuello, y vi a dos hombres uno de ellos sostenía de una cuerda a un puma mediano. Los miré a los ojos, esperando una reacción, no la hubo, volví la mirada al suelo caminando sin prisa pero con cuidado.
No existía la posibilidad de distraerme con escenas inexplicables, tenía que seguir investigando.

II
Un dispositivo automático movía sus enormes brazos hidráulicos sosteniendo la roca del cerro recientemente erosionado. Los marchantes son la avanzada, los gladiadores de hierro que manejados cual robot empujan el techo del túnel de carbón que se abre paso a fuerza de estudiadas explosiones.
Todo era sorprendente, las rocas, los barrenos, las rozadoras, la simulación de “el frente”, pero eso no era más que una maqueta burda del interior de mina. Un precario simulador con el que básicamente transmiten los rudimentos del trabajo a los futuros mineros antes de entrar.
Por lo general, se supone que la gente de los pueblos está ávida de darle la bienvenida a un recién llegado, sobre todo cuando se viene directamente de Buenos Aires. Hacía unos diez minutos que estaba curioseando las instalaciones de la Escuela Minera, cuando apresurada entró una comitiva al mando del intendente que se presentó estirando el brazo de manera muy solemne y tensa.
Devolví el saludo, puse mi mejor sonrisa y moviendo la cabeza de un lado a otro le dije:
-         Caballeros debe haber una confusión a quien buscan realmente, a mí?
Se miraron los unos a los otros, los gestos de cortesía se congelaron, fue el intendente el único que no sucumbió a la confusión que había creado. Era evidente que nadie me conocía, excepto él.
-         Estimado, lo esperábamos con ansiedad, se ha retrasado su llegada seis meses, sin más que un “hay que esperar” por respuesta.
No tuve oportunidad de responder, de inmediato me tomó del brazo, y acercándose a mi rostro me dijo.
-         No tema amigo, nosotros lo cuidamos.
El sonido de los marchantes me hizo reaccionar.
-         Y a qué se debería ese cuidado – Dije, mientras caminábamos hacia la salida.
-         Puede ser que el que entre salga, no siempre se es el elegido – el intendente cerró la frase con un guiño. – Ese que está ahí jugando con los controles del gigante, lo sabe – se refería al operario del marchante.
Veía los autos alejándose por allá abajo con dirección al Turbio, mientras pensaba en qué medida podía llegar a perturbar la cordura el poder en la cabeza de un intendente en un lugar tan aislado. Saludé levantando el brazo respondiendo con el sonar de las bocinas y me marché decidido a empezar a trabajar.

III
Fuí a la frontera, las gigantescas parrillas de los radares primarios giraban sin descanso, me acerco hasta que soy interceptado por un militar de la aeronuática. Otra vez el brazo tieso expendido, será parte del gesto que el tiempo pule en los hombres de aquí? Me acompañan hasta el shelter, veo los movimientos en la pantalla, no se reportan anormalidades desde hace 24 horas. Claramente el mismo tiempo había transcurrido desde mi llegada.
El cielo comenzaba a ponerse violeta fuerte a medida que nos adentrábamos por las calles del pueblo.  Poca gente caminaba a merced del viento, desee bajar del auto  y acompañarlos en su letanía, saber lo que piensan, lo que se dice.
Pero la marcha no se detuvo hasta la entrada de la Mina 1, el lugar donde comenzó todo. El cimiento.
Bajé del auto, me acerqué a la entrada y escuché un chasquido, una roca se había desprendido y caída barranca a bajo por la ladera del cerro, y golpeó en la centenaria estructura de manera que sostiene en cerro, provocando un llovizna negruzca en la boca de mina. Entré igual por primera vez.  Logre escuchar el rugido del viento desde adentro del túnel.
Luego todo fue muy rápido, me sentí cayendo por un túnel vertical, me rodaba el brillo de las paredes de carbón, el olor al gas me invadía las fosas nasales.
Semi inconsciente por la sacudida del viaje, oí la voz inanimada del Centro de Reanimación. – “Central Material. Uno. Uno”. Salí de la cápsula empujando el vidrio, los órganos me pesaban y esta sensación me provocaba náuseas una vez más la teleportación no había fallado.

Había viajado a Río Turbio en un tiempo indeterminado pero que estaba dentro de las coordenadas estudiadas. Los viajeros del tiempo somos personas solitarias, no sabemos cuándo vamos a ser abducidos por un agujero espacio temporal, y cuando esto pasa, la Central Material a la que estamos conectados los intraman nos lleva al Centro de reanimación donde prácticamente resucitamos. Una vez más caí y fui teletransportado al mismo lugar donde se desarrolla mi misión. Al salir de la cápsula me encontré debajo de un arco plateado. Los tubos de ventilación se pierdían en el túnel que está a mis espaldas. Descendí por una rampa, el frío del suelo metálico me subió por las piernas. Estoy en el mismo lugar pero… ¿en qué tiempo? Un sonido llegó desde lejos, miré alrededor esperando que alguien apareciese. Empecé a caminar, las paredes se iban estrechando, hasta que me encontré en una sala curva recubierta por extrañas formas realizadas en cerámica de color cobre, allí subí a una cinta que me transportó hacia una especie de depósito en el que había un gran desorden. Continué avanzando, hasta que llegué a una puerta entreabierta, la empujé.
La sala estaba llena bibliotecas, los libros caídos, algunos abiertos señalizados en varias partes. Las mesas llenas de escritos con letra confusa, vasos abandonados llenos de polvo, pegajosos. Un sillón miraba hacia una de las paredes negras, los giré y me encontré con el cuerpo delgado de Sara, que al verme no reaccionó. Sara Guido, era una enorme especialista en portales, estudiaba desde hacía siglos las desapariciones que con el correr del tiempo iban ocurriendo en el mismo lugar: Las Minas de Río Turbio.
Algo había pasado durante la teleportación, no habría podido imaginarme un panorama más desolador. Por un momento temí recorrer las instalaciones. Sara me miraba quieta con sus ojos vidriosos. En silencio me recorrió el rostro… -No te conozco. -Me dijo. -Reconozco tu voz. - Ha llegado de vuelta el viajero del tiempo, a decirnos que fracasamos una vez más. Y que todo volverá a suceder de nuevo…
Mierda!






Segunda Parte
 I
A las quince horas,  tiempo de salida, me encaminé hacia el área de ascenso. Alrededor del avión los militares le hacían los últimos controles a la máquina. Apagué el cigarrillo en la pista y subí por la rampa al Hércules C 130 a ocupar mi lugar, el primer asiento justo al lado de los pilotos. Eso indicaba que sería el último en saltar.
El avión es ancho, las hileras de asientos están enfrentadas, me acomodo el paracaídas y me abrocho el cinturón. En el estrecho asiento no podía separar los codos del cuerpo sin tocar al que está al lado. El frío es intenso. Me ajusté el casco y metí  las manos en dentro de los guantes.  Me quedé  mirando el horizonte cuyano, amanecía en la base ubicada en el Valle de la Luna, el paisaje se parecía mucho al que había visto en fotos de otros planetas. Espere hasta que fuera el momento del despegue. A partir de ese instante me quedé inmóvil, definitivamente incorporado a la estructura de un plan del que no tenía mucha información pero hartas recomendaciones.
Recorrí con mi vista el techo, las cintas de los asientos raídas, veía entrar a mis compañeros de a uno,  cuando los cuatro motores Allison se encendieron y el olor combustible lo invadió todo. Subimos sin dificultad pero no más allá de las nubes. Un cielo cargado y gris nos acompañó durante todo el viaje.
Una voz suena en mi equipo de comunicaciones.
-         Atento grupo 1. Atento grupo 1. Prepárense para saltar.
De inmediato la compuerta trasera comienza a abrirse. Todos se ponen de pie excepto yo que no pertenezco al 1. Mi viaje es más largo, iba hacia la Antártida allí me espera un grupo de glaciólogos como parte de una comitiva de científicos, nos dirigimos a la Base Belgrano 2 para estudiar un nuevo fenómeno del que tenemos pocas noticias, pero sospechamos su potencial.
Mientras mis compañeros se lanzan al vacío uno tras otro, no puedo dejar de pensar en que nuestra misión antártica es como tirarse hacia un espacio totalmente inexplorado.
Saludo al último en saltar, ni siquiera que ni siquiera me miró. Volví a quedar solo, había perdido la noción del tiempo. Desde allá arriba el paisaje desde hacía un largo rato, se veía monótono, estábamos atravesando la inmensidad de la estepa patagónica.
Extensiones de roca y duros arbustos, azotados por el más feroz de los vientos. Me recuerdo parado en medio de la nada acompañado por el viento golpeándome la cara, haciéndome escuchar su bravura al pasar por los oídos con fuerza. Aún lo escucho y lo siento. Enloquecer en la soledad más pura a instancias de la naturaleza.
Lentamente se despejaba, cuando empezamos a descender. Estábamos en la base Naval de Río Gallegos. Una parada técnica en la cual básicamente se abastece de combustible al “bicho” y esperamos a que se abra la ventana meteorológica para poder cruzar al extremo sur de la Argentina. El color rojizo del amanecer acariciaba los cristales de los cascos que refulgían como el sol.
Una violenta sacudida me estremece, las réplicas de sismo que acontecía en la Cordillera, al sur de Chile, según el parte que nos fuera dado un rato después. De todas formas nada nos iba a impedir llegar a destino. 
A los cuarenta y cinco minutos estábamos cruzando, las condiciones climáticas eran completamente favorables. Ya con nuestros equipos naranjas mirábamos el mar furioso atravesado por las corrientes antárticas y a lo lejos el continente blanco resplandeciendo. El hércules se acercaba con gran velocidad, me indican que salte, y me entrego a la caída, mi cuerpo gira por la fuerza del viento blanco.
Veo la cruz pero no creo que logre caer en el centro, ni siquiera cerca. El paracaídas se estabiliza, mis piernas se preparan para el impacto, toco tierra, caigo y ruedo unos metros, me pongo de pie con dificultad, aunque estoy entero. A lo lejos veo la oruga que se acerca.
Ya en la Base Belgrano 2. Una plataforma mecánica nos llevó hasta el final de la galería. Encabezaba la comitiva. El desorden que reinaba era evidente. Sobre la nieve tachos de gasoil vacíos tirados, huellas viscosas que iban de un lado al otro del lugar.
Una fecha roja se prendió indicándome la puerta central que se abre a mi paso y panorama empeora aún más. Los que me acompañaban están tan estupefactos como yo, pues habían llegado unos minutos antes, y era la primera vez que visitaban las instalaciones.
Encontramos una puerta entreabierta al final de un pasadizo que no permitía más que el paso a un par de personas juntas. La cabina del laboratorio A 5. Tenía paredes curvas y un gran ventanal panorámico. Contra las paredes se amontonaban en repisas diversos instrumentos y libros. Sobre las mesas había mapas desplegados con vasos pringosos que presumo por su posición que su función era mantener el mapa tenso. En el mapa veo coordenadas que se van desplazando día a día del mes de Julio del 2015. Cálculos borroneados en un pizarrón, las computadoras corriendo alguna especie de pronóstico de mareas.
El lugar estaba repleto de mesitas ratonas rodeadas de sillones acrílico blanco, había tubos de diversos tamaños y formas con líquidos de color ámbar que olían a alcohol. Un sillón grande se ubica junto al ventanal con distintas máquinas de observación láser. Lo doy vuelta y encuentro sentado a una figura esmirriada y pálida, que levanta sus ojos hacia mí y me dice.
-         Ah!  qué temprano… quieres algo para tomar? Susurra.
-         No doctora Elison.
-         Te conozco?- Pregunta.
-         No. Yo la conozco a usted.
-         Basta de estupideces! No te conozco… quien sos?
-         Venimos a estudiar el fenómeno que se está produciendo en los glaciares.
-         Por fin…
La decisión de clasificar los glaciares en la categoría de metaforma, no parecía pertenecer a alguien que no estuviera al tanto de lo que hablamos.  Aquellas formaciones eran  capaces de generar millones de datos y no se parecían a nada conocido en toda la tierra.
Finalmente habló. -  A decir verdad obtuvimos resultados, logramos decifrar como analizarlos, desarrollamos los modelos matemáticos, pero eso fue insuficiente. Había momentos en los que las emisiones se comportaban a la inversa de la lógica y rompían la contingencia del modelo.  Fue entonces que decidimos adentrarnos en los principios de la física cuántica, y de esta manera tratar de conocer con exactitud la posición de las partículas cuando empiezan a notarse efectos extraños en su comportamiento.
-         Y a qué resultado llegaron - pregunté
-         Logramos la teleportación remota de partículas, y luego todo empezó a complejizarse… calló de repente.
-         Vuelvan dentro de una hora – Nos dijo y se fue.

II
La teoría de los glaciares cuánticos se remonta a 50 años antes de mi nacimiento. La misma fue brutalmente denostada por artificial e increíble, y quedó en el olvido muy pronto. Se oponía a las corrientes más exitosas de la época, no había necesidad de tomarla en serio. Pero…
Decidieron que mi estancia no fuera en la base, para no ser interceptado por los científicos. Me asignaron unas habitaciones bastante modestas pero bien calefaccionadas en un asentamiento cuasi abandonado, los vestigios de lo que fuera laboratorio.
Permanecí sentado en  la habitación, pensando. Desde los ventanales las estrellas parecían tan cercanas. Me quité el traje y lo tiré sobre una silla. El viento silbaba a través del pasillo tubular al que daban las habitaciones.
Miré las paredes, estaban llenas de inscripciones borrosas, “no quieras ganarle tiempo al tiempo”, “es una breve sacudida”, “mujer”,  “hombre”, “apariciones”. Escritos de un antiguo habitante que andaba en locura durante las largas noches del  invierno polar.
A la hora me dispuse a salir al encuentro de la Dra. Sara Elison, salí por el pasillo, estaba solo, caminé en silencio, agazapado sin escapar a la sensación del algún observador en las tinieblas. De frente, una fila de puertas que indicaban Dra. Elison, Dra. Gutierrez, Dra. Torres Miranda, Dr. Mansilla, y Dr. Funes. Esta estaba entreabierta, agarré el picaporte y entré. Había afiches colgados de las paredes, iguales a los que tenía en mi adolescencia, un corcho con fotos mías de diferente épocas de mi vida. Me sentía un intruso y a la vez estaba consternado. Quien era ese que me investigaba, me seguía o lo que fuera.
De apoco fui consciente de que me estaba desviando de mi trayectoria dejándome inducir al equívoco por los laberintos metales con los que me entrenaron para esta misión. Una fatiga profunda se apoderó de mi cuerpo y me recosté, repasando los momentos retratados en las fotografías. Los repasaba una y otra vez, tratando de encontrar alguna pista. Me fui adormeciendo, me sentía caer, sentía que mi cuerpo caía apreté los párpados para asegurarme de que estaba entrando en un sueño profundo donde la solución empezaba a dibujarse. Los abrí enseguida y conecte la terminal a mi cerebro, no quería perderme de nada. Traté de conciliar el sueño una vez más y otra vez, la caída. Mi cuerpo perdía su contacto con la superficie material, estaba entrando los documentos se desplegaron ante mí, líneas cruzadas conectaban un punto con otro, un hecho al otro, un momento al otro, logré guardar todo en mi memoria externa, cosa que solo a veces pasa. Ahora debía salir del sueño, no debía demorarme mucho pues esos segundos oníricos representan un tiempo indefinido en la realidad. Tenía la certeza de que estaba había sido lo suficientemente veloz, me desperté y miré mi reloj,  el viaje había tomado días.
Mierdaaaaa….. Corrí por los pasillos, salí, me encegueció el sol de la mañana. Entré corriendo a la base. Los cuerpos comenzaron a estrangularse la falta de aire se hizo evidente, hoyos de luz comenzaron a abrirse paso en las paredes de fibra de carbono. Los agujeros crecían lentamente penetrando el aire  con su luz brillante…
Fracasé otra vez.




Tercera Parte
I
Siento un golpe seco en el hombro era el intendente.
 – Es el gas… me dice- Salgamos
Me esfuerzo en concentrarme. Los documentos… el color del cielo… heme aquí otra puta vez.  Comienza a nevar. Los copos gruesos  livianos caen de manera desordenada pero sincronizadamente. El tiempo lo es todo dije, y me desmayé.
Me desperté en el silencio de la habitación caldosa. Pero, por qué tenía tanto miedo… Me incorporé, estuve un buen rato parado, hasta que empecé a sentir flojas las piernas. El suelo bajo mis pies no parecía real, sentía que cedía a cada inspiración, a cada exhalación.  Detrás de los vidrios sucios veía el paisaje del carbón. El viento levantaba un polvillo gris, los cascos ya no eran los mismos, algo había cambiado, una envolvente esfera espejada cubría el rostro y un sello de metal las nucas antes desnudas.  El tubo del oxígeno de la máscara terminaba en una especie de huevo sujeto a la espalda. Los trajes de un azul fulgurante flotaban por sendas de luz que terminaban penetrando la boca de la Mina 21. La imagen de Santa Bárbara, era un holograma dorado proyectado en lo alto de la pesada atmósfera.
Golpearon a la puerta,
-         ¿Qué pasa? ¿Estás enfermo? Especialista en gusanos de tiempo, o como quieras llamarte!
-         Sara! - Le abrí de inmediato. Ahí estaba ella preciosa con sus rulos rojizos, alta de nariz puntiaguda, atlética, una autentica máquina preparada para lo peor y lo mejor . - Sara, estuve en la Antártida, los que desaparecen…  Dónde estamos? Qué está pasando?- dije de repente.
-         Los que desaparecen…
-         Algo descubriste allá…
-         Recordá que esas que ves no son yo- dijo al pasar y agregó - Ah! Se está acercando la hora… No te preocupes, igual no vas a dejar de preocuparte. – me dijo con sorna.
-         Qué está pasando exactamente?
-         Mm!
-         ¿Dónde está el intendente? El debe haberme traído cuando me desvanecí saliendo de la Mina 1.
-         El intendente? Una risa sofocada  la sacudió de arriba abajo. Viniste hasta acá por él?¿por el intendente?¿para que lo buscás?
Sara me miró fijamente, como si empezara a ser una amenaza para ella.
-         ¿Qué pasa?¿dónde está?- pregunté. No sabés en dónde está?
-         Y cómo puedo saberlo yo que acabo de llegar?
-         Anoche… de eso quería hablarte, fui a visitar la mina…
-         Vine a ver qué pasaba, tus reportes nunca llegaron y comenzamos a preocuparnos.
-         Porque no tuve tiempo de sentarme a decodificar.
-         Pero cuanto tiempo necesitás estamos urgidos y vos te tomás tres meses para hacer un informe! Parecía furiosa
-         Tres meses? Dije desconcertado.
-         Creíste que estabas desde hacía un par de días? Ese es uno de los efectos del gusano temporal.
-         Desde dónde venis.
-         Ja! No te querrás enterar todavía.
Me enfurecí, y le dije con fuerza:
-         De dónde venís?
-         De la tierra, sabés que es eso?
-         De la tierra… y entonces dónde estamos…
-         En la tierra… hace tiempo que queremos contactarnos con vos pero nos fue imposible, te perdimos el rastro por completo.
-         Entonces?
-         Entonces nada… que esperabas que tuviera todas las respuestas? No las tengo. Ya fue bastante el poder encontrarte, varado acá en este pueblo de vaya a saber en qué momento de la historia.
-         No esperaba verte más.
-         Así? Y porque eso.
-         No tiene importancia, algún día te contaré. En estos momentos estoy un poco desorientado.
-         Me imagino. Dijo y tocó su recta nariz.
-         Y los demás?
-         Primero contame tu teoría de las desapariciones…
Ella se acomodó en la cama y me invitó a hacer lo mismo. Tardé unos minutos en hablar, trate de ordenarme y comencé. No me era fácil explicarlo todo.
-         Estaba en Mina 1. Allá cuando la frontera empieza a anunciarse por los carteles a los costados del camino. Recuerdo el sonido del viento que presagiaba un nuevo viaje, diferente a los anteriores, comencé a adentrarme, bajo los efectos del gas que emana de la mina me fui drogando lentamente. Algo debe haber activado algunos de mis implantes porque de un momento a otro me encontré en la sala de reanimación. Pero estaba en la mina en otro tiempo, te encontré, perdón, me corrijo, encontré a una de tus representaciones anunciando el nuevo fracaso en nuestra misión. Al instante se desató la desintegración del espacio – tiempo y volví a empezar.
No entiendo – me dijo – y las desapariciones?
Algunos son los elegidos, no todos los que entran salen – pensé - con la mirada fija en los botines de Sara, desde donde salían destellos. No le di importancia, debían ser los efectos del sol antártico sobre la retina. Porque viajar en el tiempo trae sus contratiempos, y aunque la historia vuelva a empezar yo soy el mismo.
-         Después aparecí de nuevo embarcándome esta vez en un Hércules hacia la Antártida. Allí volví a encontrarte, estabas en un laboratorio parecido al anterior, aunque diferente…  Descubrí que el Dr. Funes me investiga, me sigue.
-         Cómo que te sigue…
-         Encontré fotos mías en su habitación. Fotos tomadas en diferente momento de mi vida real. Pero también en el transcurso de mis viajes.
-         Imposible!
-         Sí eso pensé, cuando me invadió un sueño atroz, indominable, me dejé caer en la cama, catre, diván no recuerdo bien lo que era, sólo que caí, me conecté a la terminal para que recibieran los datos, pero me desperté tres días después, tres días!
-         Y después?
-         Ya era tarde, corría cuando todo se empezó a desvanecerse otra vez.  Permanecí unos segundos en la oscuridad,  siento un golpe en mi hombro… Era el intendente que me acompañaba de repente, aparecido de la nada en Mina 1. Me despierto y veo el paisaje como bajo los efectos de la realidad aumentada.
-         No son los “efecto RA”. Lo que viste está sucediendo, la mina se está tragando a los mineros.
Me paré y vi los pies de Santa Bárbara aplastando la serpiente, la enorme espada, el castillito y su aura fulgurante, irradiando temor y temblor en todo el valle.

II
Tenía que entrar a la mina, sin Sara, las mujeres tienen prohibido el ingreso salvo los 4 de diciembre “día de la virgen”, es de mal agüero dicen los escritos de antaño. También dicen que Bárbara fue además mártir, que al escaparse de su padre por haberse convertido al cristianismo, fue despellejada, cortada con filos de cerámica y quemada viva, antes de ser juzgada y condenada a la decapitación. Acción que llevó adelante desde arriba de un monte, su padre que fuera fulminado por un rayo al momento del sacrificio. Este no parece ser lugar para mujeres, el clima es arisco, rudo, golpea todo el día en el cuerpo, en las paredes, en los árboles, en las piedras.
Antes de salir, nos pusimos los trajes térmicos, una malla de color blanco que se adapta a la contextura del cuerpo que lo usa. Sentí la presión sobre los músculos al cerrar la abertura delantera, me ajusté el cinturón. Me calcé las botas y salimos. 
La escena dantesca seguía su curso cuando nos encontramos con el intendente, que ya no era. Ahora le tocaba ser… Geólogo? mm!
-         Se siente mejor? Hola, Oscar Puente, El jefe del Frente. – Dijo acomodándose la ceñida chaqueta de cuero.
Había sido él el que me había sacado de la montaña.
-         Ah! – Este es el que va delante de todo, es el que tiene las respuestas, o las preguntas – pensé – quien lo mandó o como llegó hasta mí. Alguien me lo está haciendo saber, o será el mismo… o será Funes?
-         Un gusto conocerlo. Me hablaron mucho de usted… por estos lugares casi no se escucha otra cosa y el viento, por supuesto.
-         El gusto es mío, le presento a la Comandante Sara Ruiz.
-         Comandante – dijo e hizo una inclinación cortés…
-         Me pregunto si está interesado en explicar lo que está pasando.
-         Lo siento pero no tengo de lo que está hablando.
-         De la mina… - me miró desconcertado –
-         ¿De donde son exactamente ustedes?
No ese momento de la historia ya ni yo sabía quién era. Sara se apuró y dijo con autoridad:
-         Cómo no se enteró de nuestra llegada… Puente?
-         Sí claro, son los enviados de la metrópoli. – casi tartamudeó al hablar.
-         Exactamente. Tenemos que entrar al Frente la de mina en explotación.
-         Mm! Eso no creo que sea posible, realmente. Primero porque, Sara, usted podría entrar por razones que ya todos conocemos, y segundo porque usted tampoco… Sólo entran los elegidos.
-         Y cómo sabe que no soy un elegido…
-         Lo sé porque en este mismo instante no está flotando camino al Frente.
-         Cómo sucede? Cómo se enteran los minero que son los elegidos?
Detuvo la marcha, se paró y nos miró con fastidio. Exhaló hizo un ademán al aire, y nos contó que cuando los adolescentes de Río Turbio, hayan nacido o no en pueblo, a los 18 años son llevados a la boca de Mina 1, donde entran y deben permanecer sin salir, sin comer, sin beber, una especie de ritual iniciático que dura una semana. Cuando se cumple el tiempo unos salen otros no. Luego aparecen flotando en esta estela de plasma, que apareció hace sólo unos años.
-         De dónde apareció?- pregunté
-         No sabemos, la gente cree que es cosa divina, que son los rayos de Santa Bárbara. Pero yo no… no me lo creo.
-         Y que explicación tiene? - dije
-         A decir verdad ninguna, esta cosa es una fuente de frustración para las personas como yo, doctorado en rocas para que después me quieran convencer con palabrería bíblica.



III
De este fulano Oscar Puente, Doctor en Piedras, como le gustó llamarse con recurrencia, obtuvimos, bastante información. La investigación avanzaba, pero tendría que visitar la Antártida una vez más, todavía no imagino de qué manera… Tengo que estudiarlo ahora, mientras que el transcurso del tiempo se presente como estable.
-Vuelvo a Mina 1- Le comuniqué a Sara, una vez a solas.
- Pero ese no es el portal a la Antártida – me dijo con suspicacia.
- Sí lo es.
- mierda! Dijo con fastidio.
Estábamos sin vehículo, no teníamos más alternativa que caminar y cruzar del otro lado del cerro. El sol se podría en dos horas, teníamos tiempo si lográbamos  una marcha firme, y no se nos interponían demasiados obstáculos naturales como lagunas, morros, bosques cerrados, que nos obligaran a torcer el rumbo para luego retomarlo.
Empezamos a subir los montículos del estéril, pedazos de rocas y polvillo color gris, que forman la veta de mineral antes de llegar al carbón. Estas elevaciones tienen unos seis metros de altura y rodean la planta de depuración. Son los residuos de la explotación minera. No podríamos saber con claridad cuántas de estas lomas nos separaban del cerro. Caminamos sin pausa, transcurrida la  hora, el paisaje era el mismo. El viento comenzaba a levantarse con fuerza, la arenilla nos pegaba en las mejillas, decimos ponernos las antiparras, nos era difícil avanzar. Dónde estábamos?
Cuando el desierto de estéril no parecía tener fin divisamos un quoncet. El temporal se había intensificado, apenas nos escuchábamos, cubrimos boca y nariz con el cuello del traje, nos miramos y señalé las instalaciones, Sara asintió con la cabeza, un metro nos separaba a uno del otro y apenas podíamos vernos. Tambaleando y con dificultad entramos a lo que había sido un viejo puesto de control, el lugar era un buen refugio para esperar y revisar nuestros planes.  Al ingresar encendimos las linternas, había un par de computadoras cubiertas de polvo, una mesa y sillas improvisadas con sobras de materiales industriales.
Nos conectamos a la memoria externa que traían los cinturones del traje térmico, frente a nuestros ojos se desplegaron las pantallas con la información que contenía las coordenadas de nuestra ubicación, los datos climatológicos, datos espaciales, entre otros, estábamos en una estación de monitoreo. Después de realizar por separado un análisis de la contingencia, nos sentamos a hablar.
-         Nada nos confirma que estemos cerca de Mina 1 – Dijo Sara
-         Tampoco nada lo niega. – respondí – estamos sobre los túneles de las minas, alguna tiene que ser la 1.
-         Sí estuve viendo los planos en infrarrojo, lo único que se me ocurre es encontrar una entrada por los tubos de ventilación, pero hay que ver con qué nos encontramos – advirtió con reparo – aunque  están a unos cuantos kilómetros de este punto, podemos llegar.
Hicimos noche en el refugio, el viento no dejó de soplar ni un instante, ráfagas intensas levantaban con fuerza las piedras que golpeaban contra la chapa de la desvencijada edificación. Partimos a la aurora, bajo la hostilidad del clima que no daba tregua habríamos recorrido cinco kilómetros aproximadamente, cuando Sara que caminaba unos metros delante de mí fue tragada por un pozo de estéril. Llegué lo más rápido que pude, grité su nombre y a lo lejos la escuché:
-         Estoy bien, parece ser un viejo túnel de ventilación.
Habíamos llegado, aunque no de la manera esperada. Metí el cuerpo por el agujero y me dejé caer, ya adentro, avanzamos por una meseta, la dura piedra húmeda sobre la que caminábamos era irregular. Comenzamos a descender hasta que  la impenetrable oscuridad comenzó a ceder, llegamos al extremo del cerro. Nuestro antiguo mapa coincidía con las coordenadas de nuestros sistemas de localización.  Estábamos exactamente arriba de Mina 1.
El gusano de tiempo permanecería allí? Los mineros desaparecidos habrán caído al agujero temporal seguramente hasta donde van y cómo es que vuelven?.
Nos topamos con el abismo, los sensores habían captado la presencia de la fisura tiempo – espacial. Una vez en el centro de reanimación, salimos de las cápsulas, Sara pudo verse a sí misma diciendo que todo terminado, contempló aterrada la fuerte luz rompiendo las paredes de la realidad. Presenció, al borde de la psicosis, la descomposición atómica de la materia de su cuerpo, vagó por los segundos de silencio y oscuridad de lo eterno.




Cuarta Parte
I
A las veinte horas nos encaminamos a la zona de lanzamiento. Entramos a la nave, nos enchufamos el oxígeno a la escafandra. Encendimos los comandos de a uno siguiendo las indicaciones del manual de abordo, era la primera vez que volamos un artefacto como este. Viajamos hacia la órbita de Júpiter, nuestra misión es la investigación de lo que la ciencia denominó, “Glaciares Cuánticos”.
La física cuántica predice comportamientos paradójicos. Una partícula cuántica no posee solo un valor de una cantidad física sino todos los valores al mismo tiempo, algo que se llama superposición; dos partículas cuánticas pueden permanecer ligadas o “entrelazadas”, aun a distancias ilimitadas y sin ninguna conexión física de por medio; y se pueden teleportar a través del espacio vacío.
La teoría de los glaciares cuánticos se remonta a unos cientos de años atrás, cuando en la Antártida Argentina, un grupo de científicos encabezados por el Dr. Mansilla, en la primera expedición al glaciarLarsen B, un gigantesco glaciar que con más de 10.000 años, por aquellos tiempos. Estaba ubicado en la península antártica, próximo a la base argentina Matienzo. Cuando se produjo su quiebre y colapsaron casi 800 kilómetros cuadrados de hielos de un promedio de 230 metros de espesor, de los cuales apenas 30 metros emergían sobre el nivel del agua.
El Dr. Mansilla, físico y glaciólogo, profesor emérito de las mejores universidades del sistema solar  y sus satélites, considerado padre de la teoría de los “glaciares cuánticos”, comprobó empíricamente la existencia de energía protooriginaria en los bloques de hielo antártico, esto es el comienzo de la materialización de la vida en el planeta tierra. Descubrió básicamente a través de las leves longitudes de onda que emitía el glaciar Larsen B, había un tipo de energía que provocaba pequeñas fisuras en el espacio-tiempo.
Para sustentar su teoría aplicó un cuestionario con varios interrogantes de opción múltiple a más de 350 científicos especialistas en física cuántica, sobre conceptos básicos y su interpretación. Ninguna de las posibles respuestas recibió apoyo unánime, porque mostraron un gran rango de opinión. Según el investigador  Francis Manzano “habría que ubicar primero dónde está el problema” que hace que la teoría de los glaciares cuánticos sea tan difícil de interpretar. En parte, esto se debe a que es muy abstracta, dada la pequeñez de lo que describe.
Ya se sabía a comienzos de la época postmoderna que la luz era una onda electromagnética generada por partícu­las cargadas eléctricamente, como los electrones, pero el problema era que los cálculos que usaban para aplicar esta teoría contradecían los resultados del laboratorio del espectro de luz generado por objetos calientes.
Masilla probó varias soluciones para resolver el problema hasta que llegó a lo que denominó “un acto de desesperación”, que consistió en la afirmación que la teleportación de humanos era posible dado que el cuerpo no es más que la conjugación de materiales compuestos por átomos y que los electrones que ellos albergan,  absorben o emiten fotones al tiempo que saltan entre niveles de energía cuántica, en una cantidad muy pequeña. Esto le valió el Premio Intergaláctico de Ciencia Aplicada.
La luz que irradia una fuente es como arena derramándose, parece ser una corriente continua, pero en realidad es una multitud de diminutos granos que se pierden dentro del flujo mayor.
Aunque físicos cuánticos sean consideraron radicales, no contradicen las visiones existentes del mundo. La superposición, el entrelazamiento y la teleportación, ya no se niegan como posibilidad. Los problemas se resolvieron cuando se aceptó que la física cuántica no predecía valores definitivos para las propiedades físicas, sino solo probabilidades.

II
Viajamos a cincuenta mil kilómetros por hora es un viaje de siete años, pronto entraremos en estado de hibernación, nos despertaremos al llegar a Europa, una de las lunas de Júpiter cuya corteza está, por supuesto, cubierta de hielo.
La descarga luminosa de los tubos fluorescentes impactó sobre nuestros ojos, la sala de hibernación luce como una cámara frigorífica, paredes de acero con una sutil capa de escarcha, el piso de cerámica blanca, los nichos en los que vamos a yacer por unos años y que nos darán el soporte necesario para mantenernos con vida, también plateados.
Necesitamos comprender los raros efectos que provocaron las perturbaciones espacio – temporales. Si deseamos entender lo que sucede que los glaciares cuánticos de Europa, llevamos con nosotros una computadora cuántica que tiene el poder de todas las supercomputadoras convencionales del universo juntas.   
Antes de entrar en hibernación tengo que resolver unos problemas que me llevan aproximadamente doscientos cuarenta días, Sara en cambio ya comenzó con su trabajo onírico desde hace cinco horas.
Ya estamos acercándonos al láser sobre el cual nos deslizaremos hasta Europa, una especie de rayo lila intermitente desde el cual la nave toma energía para impulsarte. No hay combustible más eficiente que un flujo iridiscente continuo de láser lila. Una especie de monorriel a la velocidad de la luz, que decidimos tomar, corriendo el riesgo de que no es segura la posibilidad que el láser efectivamente llegue a nuestro rumbo, aunque se calcula que sí. Alcanzaremos la luz en 20 minutos.
El viaje transcurre lentamente, la aparición de algunas manchas de óxido me llamaron la atención, los enchufes también y los caños que en algunos tramos no lucían bien. Transcurrían los días y terminarían por un tiempo mis horas despierto, la angustia me bloqueaba el hacer cotidiano y en seguida trataba de esconderme en algún recuerdo placentero.  ¡Difícil!






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