Atardecer
en el tiempo
Novela
en proceso...
Primera
Parte
I
A las
quince horas, tiempo de abordo, me encaminé hacia el área de ascenso. Venía
de la oficina de identificación y todo había salido bien. A mi alrededor los
hombres se apartaban para dejarme pasar. Subí por la escalerita del caza y
ocupé mi lugar.
En el
estrecho asiento no podía separar los codos del cuerpo, y pensé que algo así
debe ser cuando te meten en un ataúd. El frío intenso se filtraba por las
ventanillas. Me ajusté el abrigo, metí las manos en los bolsillos y me
quedé mirando el horizonte pampeano hasta que fuera el momento del
despegue. A partir de ese instante me quedé inmóvil, estaba allí sentado casi
al punto del congelamiento.
Recorría
con la vista el techo semi pegado, la cubierta de los asientos raídas, miraba
los rostros pétreos de mis acompañantes, cuando los motores empezaron a mover
las hélices y el olor a gasoil lo invadió todo. Subimos sin dificultad pero no
más allá de las nubes. Un cielo cargado y gris nos acompañó durante todo el
viaje.
Suena mi
intercomunicador. Una voz resonó en el auricular.
- ¿Cómo
estás? Te sentís cómodo.
- Digamos…
-respondí
- Ya está
todo arreglado – dijo Sara -. Buen Viaje!
Por un
breve lapso entramos en turbulencia, el avión osciló. Me tomó por sorpresa miré
hacia los lados para reconocer en impacto que había tenido en mis acompañantes.
Nadie parecía haberse percatado.
Había
perdido la noción del tiempo. Desde arriba el paisaje hacía un largo rato, se
veía monótono, estábamos atravesando la inmensidad de la estepa patagónica.
El caza
volaba por las inmediaciones de Sierra Grande, al menos eso me pareció tratando
de reconstruir algunas de las experiencias de mis cuantiosos viajes por tierra,
pero fue imposible orientarme. Las estelas de nubes bajas por las que
atravesamos tampoco ayudaban a la tarea. Esperaba en algún momento la aparición
de alguna ciudad, pueblo, asentamiento. Nada, la Patagonia es así. Extensiones
de roca y duros arbustos, azotados por el más feroz de los vientos. Me recuerdo
parado en medio de la nada acompañado por el viento golpeándome la cara,
haciéndome escuchar su bravura al pasar por mis oídos con fuerza. Aún lo
escucho y lo siento. Enloquecer en la soledad más pura a instancias de la
naturaleza.
Lentamente
se despejaba, cuando empezamos a descender. El color rojizo del atardecer entró
por las ventanillas derechas y vimos el sol poniéndose lentamente saturando con
destellos el cielo bermellón y naranja. Era el anuncio del Apocalipsis o
simplemente retornaba en nosotros lo primitivo del mundo.
Una
violenta sacudida y estábamos en tierra. Aterrizamos con los cuerpos rígidos
pegados al respaldo. Oscurecía, las luces de las linternas de quienes nos
aguardaban se movían acercándose hacia la compuerta del caza que no se abría, lentamente la fila empezó a moverse.
Mis pies
tocaban la superficie de ripio de la que estaba hecha la pista, llegábamos al
aeropuerto de la localidad de “28 de Noviembre”, ubicada al sudoeste de la
provincia de Santa Cruz. Me presenté, la aplicada gravedad con que me
recibieron probaba que el rumor se había extendido por la zona.
Subimos
a una cuatro por cuatro y comenzó el último tramo del viaje. Salimos a la ruta,
el pavimento me reconfortó, hacia abajo se veía iluminada la cuadrícula de “28”
como se la conoce popularmente en el lugar. Unos pocos kilómetros nos separaban
del destino final la Villa Minera de Río Turbio, de donde se extrae el carbón
que por décadas alimentó las usinas de extremo sur.
Decidieron
que mi estancia no fuera en un hotel, para no ser interceptado por las gentes
del pueblo, a cambio me dieron unas habitaciones bastante modestas pero bien
calefaccionadas en un asentamiento cuasi abandonado, los vestigios de lo que
fuera un barrio minero, llamado Mina 4.
Permanecí
sentado en una silla de la habitación pensando, las paredes pintadas con
brillante látex amarillo, las puertas y ventanas eran verdes, de un verde
oscuro casi militar. Hacía mucho calor me quité el abrigo y lo colgué de un
perchero que estaba pegado a la puerta. Abrí la ventana la diferencia termina
era notable, destrabé los postigos y los empujé, las bisagras chirriaron
y de pronto frente a mí, se alzaba una estructura de hierro y chapa, una
especie de gusano cuadrado con ventanas que desde lo alto cruzaba la ruta y se
perdía entre los cerros. Era la planta depuradora de carbón que en su interior
alberga una cinta transportadora que separa el mineral aprovechable del que no
lo es.
Ignoré
el frío y me quedé observando la planta en toda su extensión. Un golpe seco me
quitó del ensimismamiento, cerré los cristales y pregunte:
- ¿Quién
es?
Nadie
contestó. Salí al pasillo, pero nadie parecía haberlo recorrido, los pisos de
madera crujen bajo el peso de las pisadas y yo no había escuchado más que el
golpe. De apoco fui consciente de que me estaba desviando de mi trayectoria
dejándome inducir al equívoco por los laberintos metales con los que me
entrenaron para esta misión. Me recosté a leer esperando que se hiciera la hora
de la cena, hojeaba los informes que había leído una y otra vez en la agencia
ubicada en Buenos Aires. Los repasaba una y otra vez, tratando de encontrar
alguna otra pista. Me fui adormeciendo, sentía que mi cuerpo caía apreté los
párpados para asegurarme de que estaba entrando en un sueño profundo donde la
solución empezaba a dibujarse. Los abrí enseguida y conecté la terminal a mi
cerebro, no quería perderme de nada. Traté de conciliar el sueño una vez más y
otra vez, la caída. Mi cuerpo perdía su contacto con la superficie material,
estaba entrando. Los documentos se desplegaron ante mí, líneas cruzadas
conectaban un punto con otro, un hecho al otro, un momento al otro, logré
guardar todo en mi memoria externa, cosa que solo a veces pasa. Ahora debía
salir del sueño, no debía demorarme mucho pues esos segundos oníricos
representan un tiempo indefinido en la realidad. Tenía la certeza de que había
sido lo suficientemente veloz, me desperté y miré el reloj, el viaje
había tomado dos horas. ¡Acababa de perderme un precioso instante! el cambio de
turno de quienes entran y salen de la mina. Cuatro turnos de seis largas horas,
24 horas ininterrumpidas de locura en lo profundo de la oscuridad hostil.
Dicen que el carbón te va tomando de apoco hasta el punto de ya no poder vivir
sin su compañía.
Esperé
un minuto y volví a los documentos, un silencio estoico sumía al pueblo
desde hacía un par de años. Hice unos llamados, ninguna respuesta. Un rumor
empezó a subir por las escaleras, eran dos hombres hablando por lo bajo, trate
de escuchar pero me fue imposible, el crujir de la madera… La luz comienza
a ser intermitente, espero la inminencia de un corte de energía que no llega,
el parpadeo sede lentamente y el brillo de las paredes vuelve a ocupar su
lugar. Noto en ellas la condensación provocada por el calor, las gotas
corriendo hasta estallar en el sócalo. Necesito concentrarme, volver.
Me tire
en la cama deje colgar mi cabeza, la habitación giró, estar al revés me ayuda a
reflexionar, no puedo sucumbir al extrañamiento que se me impuso de pequeño.
Cuando crecía en esas calles que a lo lejos se vislumbran cubiertas por la
nieve de tantos inviernos.
Cuando
me sentía abandonado llaman a la puerta era una mujer, su voz era peluda, era
gruesa y bien formada ¡Por fin vamos a comer!. La seguí, atravesamos varios
salones en semipenumbra una puerta iluminada se acercaba a medida
que avanzaban nuestros pasos, atravesamos el umbral y busqué un lugar para
esperar al resto de mis acompañantes. Aparecieron de a uno, muy vestidos para
una gran ocasión. ¿De qué me había olvidado? Cuando estuvimos, todos subimos a
un ascensor. Un haz de luz nos indicó la llegada a nuestro banquete. Comimos
como cerdos, las mujeres parecían haber perdido los modales que se correspondían
con el atuendo.
Ya
volviendo medio borracho camino a mi habitación, estuche, oficina, que huele
levemente a carbonilla, el rugir de lo que parecía ser un puma cortaba una
violenta conversación. La escena se interrumpió, avancé, levanté la mirada y
torcí el cuello, y vi a dos hombres uno de ellos sostenía de una cuerda a un
puma mediano. Los miré a los ojos, esperando una reacción, no la hubo, volví la
mirada al suelo caminando sin prisa pero con cuidado.
No
existía la posibilidad de distraerme con escenas inexplicables, tenía que
seguir investigando.
II
Un
dispositivo automático movía sus enormes brazos hidráulicos sosteniendo la roca
del cerro recientemente erosionado. Los marchantes son la avanzada, los
gladiadores de hierro que manejados cual robot empujan el techo del túnel de
carbón que se abre paso a fuerza de estudiadas explosiones.
Todo era
sorprendente, las rocas, los barrenos, las rozadoras, la simulación de “el
frente”, pero eso no era más que una maqueta burda del interior de mina. Un
precario simulador con el que básicamente transmiten los rudimentos del trabajo
a los futuros mineros antes de entrar.
Por lo
general, se supone que la gente de los pueblos está ávida de darle la
bienvenida a un recién llegado, sobre todo cuando se viene directamente de
Buenos Aires. Hacía unos diez minutos que estaba curioseando las instalaciones
de la Escuela Minera, cuando apresurada entró una comitiva al mando del
intendente que se presentó estirando el brazo de manera muy solemne y tensa.
Devolví
el saludo, puse mi mejor sonrisa y moviendo la cabeza de un lado a otro le
dije:
- Caballeros
debe haber una confusión a quien buscan realmente, a mí?
Se
miraron los unos a los otros, los gestos de cortesía se congelaron, fue el
intendente el único que no sucumbió a la confusión que había creado. Era
evidente que nadie me conocía, excepto él.
- Estimado,
lo esperábamos con ansiedad, se ha retrasado su llegada seis meses, sin más que
un “hay que esperar” por respuesta.
No tuve
oportunidad de responder, de inmediato me tomó del brazo, y acercándose a mi
rostro me dijo.
- No tema
amigo, nosotros lo cuidamos.
El
sonido de los marchantes me hizo reaccionar.
- Y a qué
se debería ese cuidado – Dije, mientras caminábamos hacia la salida.
- Puede
ser que el que entre salga, no siempre se es el elegido – el intendente cerró
la frase con un guiño. – Ese que está ahí jugando con los controles del
gigante, lo sabe – se refería al operario del marchante.
Veía los
autos alejándose por allá abajo con dirección al Turbio, mientras pensaba en
qué medida podía llegar a perturbar la cordura el poder en la cabeza de un
intendente en un lugar tan aislado. Saludé levantando el brazo respondiendo con
el sonar de las bocinas y me marché decidido a empezar a trabajar.
III
Fuí a la
frontera, las gigantescas parrillas de los radares primarios giraban sin
descanso, me acerco hasta que soy interceptado por un militar de la
aeronuática. Otra vez el brazo tieso expendido, será parte del gesto que el
tiempo pule en los hombres de aquí? Me acompañan hasta el shelter, veo los
movimientos en la pantalla, no se reportan anormalidades desde hace 24 horas.
Claramente el mismo tiempo había transcurrido desde mi llegada.
El cielo
comenzaba a ponerse violeta fuerte a medida que nos adentrábamos por las calles
del pueblo. Poca gente caminaba a merced del viento, desee bajar del
auto y acompañarlos en su letanía, saber lo que piensan, lo que se dice.
Pero la
marcha no se detuvo hasta la entrada de la Mina 1, el lugar donde comenzó todo.
El cimiento.
Bajé del
auto, me acerqué a la entrada y escuché un chasquido, una roca se había
desprendido y caída barranca a bajo por la ladera del cerro, y golpeó en la
centenaria estructura de manera que sostiene en cerro, provocando un llovizna
negruzca en la boca de mina. Entré igual por primera vez. Logre escuchar
el rugido del viento desde adentro del túnel.
Luego
todo fue muy rápido, me sentí cayendo por un túnel vertical, me rodaba el
brillo de las paredes de carbón, el olor al gas me invadía las fosas nasales.
Semi
inconsciente por la sacudida del viaje, oí la voz inanimada del Centro de
Reanimación. – “Central Material. Uno. Uno”. Salí de la cápsula empujando el
vidrio, los órganos me pesaban y esta sensación me provocaba náuseas una vez
más la teleportación no había fallado.
Había
viajado a Río Turbio en un tiempo indeterminado pero que estaba dentro de las
coordenadas estudiadas. Los viajeros del tiempo somos personas solitarias, no
sabemos cuándo vamos a ser abducidos por un agujero espacio temporal, y cuando
esto pasa, la Central Material a la que estamos conectados los intraman nos lleva al Centro de
reanimación donde prácticamente resucitamos. Una vez más caí y fui
teletransportado al mismo lugar donde se desarrolla mi misión. Al salir de la
cápsula me encontré debajo de un arco plateado. Los tubos de ventilación se
pierdían en el túnel que está a mis espaldas. Descendí por una rampa, el frío
del suelo metálico me subió por las piernas. Estoy en el mismo lugar pero… ¿en
qué tiempo? Un sonido llegó desde lejos, miré alrededor esperando que alguien
apareciese. Empecé a caminar, las paredes se iban estrechando, hasta que me
encontré en una sala curva recubierta por extrañas formas realizadas en
cerámica de color cobre, allí subí a una cinta que me transportó hacia una
especie de depósito en el que había un gran desorden. Continué avanzando, hasta
que llegué a una puerta entreabierta, la empujé.
La sala
estaba llena bibliotecas, los libros caídos, algunos abiertos señalizados en
varias partes. Las mesas llenas de escritos con letra confusa, vasos
abandonados llenos de polvo, pegajosos. Un sillón miraba hacia una de las
paredes negras, los giré y me encontré con el cuerpo delgado de Sara, que al
verme no reaccionó. Sara Guido, era una enorme especialista en portales,
estudiaba desde hacía siglos las desapariciones que con el correr del tiempo
iban ocurriendo en el mismo lugar: Las Minas de Río Turbio.
Algo
había pasado durante la teleportación, no habría podido imaginarme un panorama
más desolador. Por un momento temí recorrer las instalaciones. Sara me miraba
quieta con sus ojos vidriosos. En silencio me recorrió el rostro… -No te
conozco. -Me dijo. -Reconozco tu voz. - Ha llegado de vuelta el viajero del
tiempo, a decirnos que fracasamos una vez más. Y que todo volverá a suceder de
nuevo…
Mierda!
Segunda
Parte
I
A las
quince horas, tiempo de salida, me encaminé hacia el área de ascenso.
Alrededor del avión los militares le hacían los últimos controles a la máquina.
Apagué el cigarrillo en la pista y subí por la rampa al Hércules C 130 a ocupar
mi lugar, el primer asiento justo al lado de los pilotos. Eso indicaba que
sería el último en saltar.
El avión
es ancho, las hileras de asientos están enfrentadas, me acomodo el paracaídas y
me abrocho el cinturón. En el estrecho asiento no podía separar los codos del
cuerpo sin tocar al que está al lado. El frío es intenso. Me ajusté el casco y
metí las manos en dentro de los guantes. Me quedé mirando el
horizonte cuyano, amanecía en la base ubicada en el Valle de la Luna, el
paisaje se parecía mucho al que había visto en fotos de otros planetas. Espere
hasta que fuera el momento del despegue. A partir de ese instante me quedé
inmóvil, definitivamente incorporado a la estructura de un plan del que no
tenía mucha información pero hartas recomendaciones.
Recorrí
con mi vista el techo, las cintas de los asientos raídas, veía entrar a mis
compañeros de a uno, cuando los cuatro motores Allison se encendieron y
el olor combustible lo invadió todo. Subimos sin dificultad pero no más allá de
las nubes. Un cielo cargado y gris nos acompañó durante todo el viaje.
Una voz
suena en mi equipo de comunicaciones.
- Atento
grupo 1. Atento grupo 1. Prepárense para saltar.
De
inmediato la compuerta trasera comienza a abrirse. Todos se ponen de pie
excepto yo que no pertenezco al 1. Mi viaje es más largo, iba hacia la
Antártida allí me espera un grupo de glaciólogos como parte de una comitiva de
científicos, nos dirigimos a la Base Belgrano 2 para estudiar un nuevo fenómeno
del que tenemos pocas noticias, pero sospechamos su potencial.
Mientras
mis compañeros se lanzan al vacío uno tras otro, no puedo dejar de pensar en
que nuestra misión antártica es como tirarse hacia un espacio totalmente
inexplorado.
Saludo
al último en saltar, ni siquiera que ni siquiera me miró. Volví a quedar solo,
había perdido la noción del tiempo. Desde allá arriba el paisaje desde hacía un
largo rato, se veía monótono, estábamos atravesando la inmensidad de la estepa
patagónica.
Extensiones
de roca y duros arbustos, azotados por el más feroz de los vientos. Me recuerdo
parado en medio de la nada acompañado por el viento golpeándome la cara,
haciéndome escuchar su bravura al pasar por los oídos con fuerza. Aún lo
escucho y lo siento. Enloquecer en la soledad más pura a instancias de la
naturaleza.
Lentamente
se despejaba, cuando empezamos a descender. Estábamos en la base Naval de Río
Gallegos. Una parada técnica en la cual básicamente se abastece de combustible
al “bicho” y esperamos a que se abra la ventana meteorológica para poder cruzar
al extremo sur de la Argentina. El color rojizo del amanecer acariciaba los
cristales de los cascos que refulgían como el sol.
Una
violenta sacudida me estremece, las réplicas de sismo que acontecía en la
Cordillera, al sur de Chile, según el parte que nos fuera dado un rato después.
De todas formas nada nos iba a impedir llegar a destino.
A los
cuarenta y cinco minutos estábamos cruzando, las condiciones climáticas eran
completamente favorables. Ya con nuestros equipos naranjas mirábamos el mar
furioso atravesado por las corrientes antárticas y a lo lejos el continente
blanco resplandeciendo. El hércules se acercaba con gran velocidad, me indican
que salte, y me entrego a la caída, mi cuerpo gira por la fuerza del viento
blanco.
Veo la
cruz pero no creo que logre caer en el centro, ni siquiera cerca. El paracaídas
se estabiliza, mis piernas se preparan para el impacto, toco tierra, caigo y
ruedo unos metros, me pongo de pie con dificultad, aunque estoy entero. A lo
lejos veo la oruga que se acerca.
Ya en la
Base Belgrano 2. Una plataforma mecánica nos llevó hasta el final de la
galería. Encabezaba la comitiva. El desorden que reinaba era evidente. Sobre la
nieve tachos de gasoil vacíos tirados, huellas viscosas que iban de un lado al
otro del lugar.
Una fecha
roja se prendió indicándome la puerta central que se abre a mi paso y panorama
empeora aún más. Los que me acompañaban están tan estupefactos como yo, pues
habían llegado unos minutos antes, y era la primera vez que visitaban las
instalaciones.
Encontramos
una puerta entreabierta al final de un pasadizo que no permitía más que el paso
a un par de personas juntas. La cabina del laboratorio A 5. Tenía paredes
curvas y un gran ventanal panorámico. Contra las paredes se amontonaban en
repisas diversos instrumentos y libros. Sobre las mesas había mapas desplegados
con vasos pringosos que presumo por su posición que su función era mantener el
mapa tenso. En el mapa veo coordenadas que se van desplazando día a día del mes
de Julio del 2015. Cálculos borroneados en un pizarrón, las computadoras
corriendo alguna especie de pronóstico de mareas.
El lugar
estaba repleto de mesitas ratonas rodeadas de sillones acrílico blanco, había
tubos de diversos tamaños y formas con líquidos de color ámbar que olían a
alcohol. Un sillón grande se ubica junto al ventanal con distintas máquinas de
observación láser. Lo doy vuelta y encuentro sentado a una figura esmirriada y
pálida, que levanta sus ojos hacia mí y me dice.
- Ah!
qué temprano… quieres algo para tomar? Susurra.
- No
doctora Elison.
- Te
conozco?- Pregunta.
- No. Yo
la conozco a usted.
- Basta de
estupideces! No te conozco… quien sos?
- Venimos
a estudiar el fenómeno que se está produciendo en los glaciares.
- Por fin…
La
decisión de clasificar los glaciares en la categoría de metaforma, no parecía
pertenecer a alguien que no estuviera al tanto de lo que hablamos.
Aquellas formaciones eran capaces de generar millones de datos y no se
parecían a nada conocido en toda la tierra.
Finalmente habló. -
A decir
verdad obtuvimos resultados, logramos decifrar como analizarlos, desarrollamos
los modelos matemáticos, pero eso fue insuficiente. Había momentos en los que
las emisiones se comportaban a la inversa de la lógica y rompían la
contingencia del modelo. Fue entonces que decidimos adentrarnos en los
principios de la física cuántica, y de esta manera tratar de conocer con
exactitud la posición de las partículas cuando empiezan a notarse efectos
extraños en su comportamiento.
- Y a qué
resultado llegaron - pregunté
- Logramos
la teleportación remota de partículas, y luego todo empezó a complejizarse…
calló de repente.
- Vuelvan
dentro de una hora – Nos dijo y se fue.
II
La
teoría de los glaciares cuánticos se remonta a 50 años antes de mi nacimiento.
La misma fue brutalmente denostada por artificial e increíble, y quedó en el
olvido muy pronto. Se oponía a las corrientes más exitosas de la época, no
había necesidad de tomarla en serio. Pero…
Decidieron
que mi estancia no fuera en la base, para no ser interceptado por los
científicos. Me asignaron unas habitaciones bastante modestas pero bien
calefaccionadas en un asentamiento cuasi abandonado, los vestigios de lo que
fuera laboratorio.
Permanecí
sentado en la habitación, pensando. Desde los ventanales las estrellas
parecían tan cercanas. Me quité el traje y lo tiré sobre una silla. El viento
silbaba a través del pasillo tubular al que daban las habitaciones.
Miré las
paredes, estaban llenas de inscripciones borrosas, “no quieras ganarle tiempo
al tiempo”, “es una breve sacudida”, “mujer”, “hombre”, “apariciones”.
Escritos de un antiguo habitante que andaba en locura durante las largas noches
del invierno polar.
A la
hora me dispuse a salir al encuentro de la Dra. Sara Elison, salí por el
pasillo, estaba solo, caminé en silencio, agazapado sin escapar a la sensación
del algún observador en las tinieblas. De frente, una fila de puertas que
indicaban Dra. Elison, Dra. Gutierrez, Dra. Torres Miranda, Dr. Mansilla, y Dr.
Funes. Esta estaba entreabierta, agarré el picaporte y entré. Había afiches
colgados de las paredes, iguales a los que tenía en mi adolescencia, un corcho
con fotos mías de diferente épocas de mi vida. Me sentía un intruso y a la vez
estaba consternado. Quien era ese que me investigaba, me seguía o lo que fuera.
De apoco
fui consciente de que me estaba desviando de mi trayectoria dejándome inducir
al equívoco por los laberintos metales con los que me entrenaron para esta
misión. Una fatiga profunda se apoderó de mi cuerpo y me recosté, repasando los
momentos retratados en las fotografías. Los repasaba una y otra vez, tratando
de encontrar alguna pista. Me fui adormeciendo, me sentía caer, sentía que mi
cuerpo caía apreté los párpados para asegurarme de que estaba entrando en un
sueño profundo donde la solución empezaba a dibujarse. Los abrí enseguida y
conecte la terminal a mi cerebro, no quería perderme de nada. Traté de
conciliar el sueño una vez más y otra vez, la caída. Mi cuerpo perdía su
contacto con la superficie material, estaba entrando los documentos se
desplegaron ante mí, líneas cruzadas conectaban un punto con otro, un hecho al
otro, un momento al otro, logré guardar todo en mi memoria externa, cosa que
solo a veces pasa. Ahora debía salir del sueño, no debía demorarme mucho pues
esos segundos oníricos representan un tiempo indefinido en la realidad. Tenía
la certeza de que estaba había sido lo suficientemente veloz, me desperté y
miré mi reloj, el viaje había tomado días.
Mierdaaaaa…..
Corrí por los pasillos, salí, me encegueció el sol de la mañana. Entré
corriendo a la base. Los cuerpos comenzaron a estrangularse la falta de aire se
hizo evidente, hoyos de luz comenzaron a abrirse paso en las paredes de fibra
de carbono. Los agujeros crecían lentamente penetrando el aire con su luz
brillante…
Fracasé
otra vez.
Tercera
Parte
I
Siento
un golpe seco en el hombro era el intendente.
–
Es el gas… me dice- Salgamos
Me
esfuerzo en concentrarme. Los documentos… el color del cielo… heme aquí otra
puta vez. Comienza a nevar. Los copos gruesos livianos caen de
manera desordenada pero sincronizadamente. El tiempo lo es todo dije, y me
desmayé.
Me
desperté en el silencio de la habitación caldosa. Pero, por qué tenía tanto
miedo… Me incorporé, estuve un buen rato parado, hasta que empecé a sentir
flojas las piernas. El suelo bajo mis pies no parecía real, sentía que cedía a
cada inspiración, a cada exhalación. Detrás de los vidrios sucios veía el
paisaje del carbón. El viento levantaba un polvillo gris, los cascos ya no eran
los mismos, algo había cambiado, una envolvente esfera espejada cubría el
rostro y un sello de metal las nucas antes desnudas. El tubo del oxígeno
de la máscara terminaba en una especie de huevo sujeto a la espalda. Los trajes
de un azul fulgurante flotaban por sendas de luz que terminaban penetrando la
boca de la Mina 21. La imagen de Santa Bárbara, era un holograma dorado
proyectado en lo alto de la pesada atmósfera.
Golpearon
a la puerta,
- ¿Qué
pasa? ¿Estás enfermo? Especialista en gusanos de tiempo, o como quieras
llamarte!
- Sara! -
Le abrí de inmediato. Ahí estaba ella preciosa con sus rulos rojizos, alta de
nariz puntiaguda, atlética, una autentica máquina preparada para lo peor y lo
mejor . - Sara, estuve en la Antártida, los que desaparecen… Dónde
estamos? Qué está pasando?- dije de repente.
- Los que
desaparecen…
- Algo
descubriste allá…
- Recordá
que esas que ves no son yo- dijo al pasar y agregó - Ah! Se está acercando la
hora… No te preocupes, igual no vas a dejar de preocuparte. – me dijo con
sorna.
- Qué está
pasando exactamente?
- Mm!
- ¿Dónde
está el intendente? El debe haberme traído cuando me desvanecí saliendo de la
Mina 1.
- El
intendente? Una risa sofocada la sacudió de arriba abajo. Viniste hasta
acá por él?¿por el intendente?¿para que lo buscás?
Sara me
miró fijamente, como si empezara a ser una amenaza para ella.
- ¿Qué
pasa?¿dónde está?- pregunté. No sabés en dónde está?
- Y cómo
puedo saberlo yo que acabo de llegar?
- Anoche…
de eso quería hablarte, fui a visitar la mina…
- Vine a
ver qué pasaba, tus reportes nunca llegaron y comenzamos a preocuparnos.
- Porque
no tuve tiempo de sentarme a decodificar.
- Pero
cuanto tiempo necesitás estamos urgidos y vos te tomás tres meses para hacer un
informe! Parecía furiosa
- Tres
meses? Dije desconcertado.
- Creíste
que estabas desde hacía un par de días? Ese es uno de los efectos del gusano
temporal.
- Desde
dónde venis.
- Ja! No
te querrás enterar todavía.
Me
enfurecí, y le dije con fuerza:
- De dónde
venís?
- De la
tierra, sabés que es eso?
- De la
tierra… y entonces dónde estamos…
- En la
tierra… hace tiempo que queremos contactarnos con vos pero nos fue imposible,
te perdimos el rastro por completo.
- Entonces?
- Entonces
nada… que esperabas que tuviera todas las respuestas? No las tengo. Ya fue
bastante el poder encontrarte, varado acá en este pueblo de vaya a saber en qué
momento de la historia.
- No
esperaba verte más.
- Así? Y
porque eso.
- No tiene
importancia, algún día te contaré. En estos momentos estoy un poco
desorientado.
- Me
imagino. Dijo y tocó su recta nariz.
- Y los
demás?
- Primero
contame tu teoría de las desapariciones…
Ella se
acomodó en la cama y me invitó a hacer lo mismo. Tardé unos minutos en hablar,
trate de ordenarme y comencé. No me era fácil explicarlo todo.
- Estaba
en Mina 1. Allá cuando la frontera empieza a anunciarse por los carteles a los
costados del camino. Recuerdo el sonido del viento que presagiaba un nuevo
viaje, diferente a los anteriores, comencé a adentrarme, bajo los efectos del
gas que emana de la mina me fui drogando lentamente. Algo debe haber activado
algunos de mis implantes porque de un momento a otro me encontré en la sala de
reanimación. Pero estaba en la mina en otro tiempo, te encontré, perdón, me
corrijo, encontré a una de tus representaciones anunciando el nuevo fracaso en
nuestra misión. Al instante se desató la desintegración del espacio – tiempo y
volví a empezar.
No
entiendo – me dijo – y las desapariciones?
Algunos
son los elegidos, no todos los que entran salen – pensé - con la mirada fija en
los botines de Sara, desde donde salían destellos. No le di importancia, debían
ser los efectos del sol antártico sobre la retina. Porque viajar en el tiempo
trae sus contratiempos, y aunque la historia vuelva a empezar yo soy el mismo.
- Después
aparecí de nuevo embarcándome esta vez en un Hércules hacia la Antártida. Allí
volví a encontrarte, estabas en un laboratorio parecido al anterior, aunque
diferente… Descubrí que el Dr. Funes me investiga, me sigue.
- Cómo que
te sigue…
- Encontré
fotos mías en su habitación. Fotos tomadas en diferente momento de mi vida
real. Pero también en el transcurso de mis viajes.
- Imposible!
- Sí eso
pensé, cuando me invadió un sueño atroz, indominable, me dejé caer en la cama,
catre, diván no recuerdo bien lo que era, sólo que caí, me conecté a la
terminal para que recibieran los datos, pero me desperté tres días después,
tres días!
- Y
después?
- Ya era
tarde, corría cuando todo se empezó a desvanecerse otra vez. Permanecí
unos segundos en la oscuridad, siento un golpe en mi hombro… Era el
intendente que me acompañaba de repente, aparecido de la nada en Mina 1. Me
despierto y veo el paisaje como bajo los efectos de la realidad aumentada.
- No son
los “efecto RA”. Lo que viste está sucediendo, la mina se está tragando a los
mineros.
Me paré
y vi los pies de Santa Bárbara aplastando la serpiente, la enorme espada, el
castillito y su aura fulgurante, irradiando temor y temblor en todo el valle.
II
Tenía
que entrar a la mina, sin Sara, las mujeres tienen prohibido el ingreso salvo
los 4 de diciembre “día de la virgen”, es de mal agüero dicen los escritos de
antaño. También dicen que Bárbara fue además mártir, que al escaparse de su
padre por haberse convertido al cristianismo, fue despellejada, cortada con
filos de cerámica y quemada viva, antes de ser juzgada y condenada a la
decapitación. Acción que llevó adelante desde arriba de un monte, su padre que
fuera fulminado por un rayo al momento del sacrificio. Este no parece ser lugar
para mujeres, el clima es arisco, rudo, golpea todo el día en el cuerpo, en las
paredes, en los árboles, en las piedras.
Antes de
salir, nos pusimos los trajes térmicos, una malla de color blanco que se adapta
a la contextura del cuerpo que lo usa. Sentí la presión sobre los músculos al
cerrar la abertura delantera, me ajusté el cinturón. Me calcé las botas y
salimos.
La
escena dantesca seguía su curso cuando nos encontramos con el intendente, que
ya no era. Ahora le tocaba ser… Geólogo? mm!
- Se
siente mejor? Hola, Oscar Puente, El jefe del Frente. – Dijo acomodándose la
ceñida chaqueta de cuero.
Había
sido él el que me había sacado de la montaña.
- Ah! –
Este es el que va delante de todo, es el que tiene las respuestas, o las
preguntas – pensé – quien lo mandó o como llegó hasta mí. Alguien me lo está
haciendo saber, o será el mismo… o será Funes?
- Un gusto
conocerlo. Me hablaron mucho de usted… por estos lugares casi no se escucha
otra cosa y el viento, por supuesto.
- El gusto
es mío, le presento a la Comandante Sara Ruiz.
- Comandante
– dijo e hizo una inclinación cortés…
- Me
pregunto si está interesado en explicar lo que está pasando.
- Lo
siento pero no tengo de lo que está hablando.
- De la
mina… - me miró desconcertado –
- ¿De
donde son exactamente ustedes?
No ese
momento de la historia ya ni yo sabía quién era. Sara se apuró y dijo con
autoridad:
- Cómo no
se enteró de nuestra llegada… Puente?
- Sí
claro, son los enviados de la metrópoli. – casi tartamudeó al hablar.
- Exactamente.
Tenemos que entrar al Frente la de mina en explotación.
- Mm! Eso
no creo que sea posible, realmente. Primero porque, Sara, usted podría entrar
por razones que ya todos conocemos, y segundo porque usted tampoco… Sólo entran
los elegidos.
- Y cómo
sabe que no soy un elegido…
- Lo sé
porque en este mismo instante no está flotando camino al Frente.
- Cómo
sucede? Cómo se enteran los minero que son los elegidos?
Detuvo
la marcha, se paró y nos miró con fastidio. Exhaló hizo un ademán al aire, y
nos contó que cuando los adolescentes de Río Turbio, hayan nacido o no en
pueblo, a los 18 años son llevados a la boca de Mina 1, donde entran y deben
permanecer sin salir, sin comer, sin beber, una especie de ritual iniciático
que dura una semana. Cuando se cumple el tiempo unos salen otros no. Luego
aparecen flotando en esta estela de plasma, que apareció hace sólo unos años.
- De dónde
apareció?- pregunté
- No
sabemos, la gente cree que es cosa divina, que son los rayos de Santa Bárbara.
Pero yo no… no me lo creo.
- Y que explicación
tiene? - dije
- A decir
verdad ninguna, esta cosa es una fuente de frustración para las personas como
yo, doctorado en rocas para que después me quieran convencer con palabrería
bíblica.
III
De este
fulano Oscar Puente, Doctor en Piedras, como le gustó llamarse con recurrencia,
obtuvimos, bastante información. La investigación avanzaba, pero tendría que
visitar la Antártida una vez más, todavía no imagino de qué manera… Tengo que
estudiarlo ahora, mientras que el transcurso del tiempo se presente como
estable.
-Vuelvo
a Mina 1- Le comuniqué a Sara, una vez a solas.
- Pero
ese no es el portal a la Antártida – me dijo con suspicacia.
- Sí lo
es.
-
mierda! Dijo con fastidio.
Estábamos
sin vehículo, no teníamos más alternativa que caminar y cruzar del otro lado
del cerro. El sol se podría en dos horas, teníamos tiempo si lográbamos
una marcha firme, y no se nos interponían demasiados obstáculos naturales como
lagunas, morros, bosques cerrados, que nos obligaran a torcer el rumbo para
luego retomarlo.
Empezamos
a subir los montículos del estéril, pedazos de rocas y polvillo color gris, que
forman la veta de mineral antes de llegar al carbón. Estas elevaciones tienen
unos seis metros de altura y rodean la planta de depuración. Son los residuos
de la explotación minera. No podríamos saber con claridad cuántas de estas
lomas nos separaban del cerro. Caminamos sin pausa, transcurrida la hora,
el paisaje era el mismo. El viento comenzaba a levantarse con fuerza, la
arenilla nos pegaba en las mejillas, decimos ponernos las antiparras, nos era
difícil avanzar. Dónde estábamos?
Cuando
el desierto de estéril no parecía tener fin divisamos un quoncet. El temporal
se había intensificado, apenas nos escuchábamos, cubrimos boca y nariz con el
cuello del traje, nos miramos y señalé las instalaciones, Sara asintió con la
cabeza, un metro nos separaba a uno del otro y apenas podíamos vernos.
Tambaleando y con dificultad entramos a lo que había sido un viejo puesto de
control, el lugar era un buen refugio para esperar y revisar nuestros planes.
Al ingresar encendimos las linternas, había un par de computadoras
cubiertas de polvo, una mesa y sillas improvisadas con sobras de materiales
industriales.
Nos
conectamos a la memoria externa que traían los cinturones del traje térmico,
frente a nuestros ojos se desplegaron las pantallas con la información que
contenía las coordenadas de nuestra ubicación, los datos climatológicos, datos
espaciales, entre otros, estábamos en una estación de monitoreo. Después de
realizar por separado un análisis de la contingencia, nos sentamos a hablar.
- Nada nos
confirma que estemos cerca de Mina 1 – Dijo Sara
- Tampoco
nada lo niega. – respondí – estamos sobre los túneles de las minas, alguna
tiene que ser la 1.
- Sí
estuve viendo los planos en infrarrojo, lo único que se me ocurre es encontrar
una entrada por los tubos de ventilación, pero hay que ver con qué nos
encontramos – advirtió con reparo – aunque están a unos cuantos
kilómetros de este punto, podemos llegar.
Hicimos
noche en el refugio, el viento no dejó de soplar ni un instante, ráfagas
intensas levantaban con fuerza las piedras que golpeaban contra la chapa de la
desvencijada edificación. Partimos a la aurora, bajo la hostilidad del clima
que no daba tregua habríamos recorrido cinco kilómetros aproximadamente, cuando
Sara que caminaba unos metros delante de mí fue tragada por un pozo de estéril.
Llegué lo más rápido que pude, grité su nombre y a lo lejos la escuché:
- Estoy
bien, parece ser un viejo túnel de ventilación.
Habíamos
llegado, aunque no de la manera esperada. Metí el cuerpo por el agujero y me
dejé caer, ya adentro, avanzamos por una meseta, la dura piedra húmeda sobre la
que caminábamos era irregular. Comenzamos a descender hasta que la
impenetrable oscuridad comenzó a ceder, llegamos al extremo del cerro. Nuestro
antiguo mapa coincidía con las coordenadas de nuestros sistemas de
localización. Estábamos exactamente arriba de Mina 1.
El
gusano de tiempo permanecería allí? Los mineros desaparecidos habrán caído al
agujero temporal seguramente hasta donde van y cómo es que vuelven?.
Nos
topamos con el abismo, los sensores habían captado la presencia de la fisura
tiempo – espacial. Una vez en el centro de reanimación, salimos de las cápsulas,
Sara pudo verse a sí misma diciendo que todo terminado, contempló aterrada la
fuerte luz rompiendo las paredes de la realidad. Presenció, al borde de la
psicosis, la descomposición atómica de la materia de su cuerpo, vagó por los
segundos de silencio y oscuridad de lo eterno.
Cuarta
Parte
I
A las
veinte horas nos encaminamos a la zona de lanzamiento. Entramos a la nave, nos
enchufamos el oxígeno a la escafandra. Encendimos los comandos de a uno
siguiendo las indicaciones del manual de abordo, era la primera vez que volamos
un artefacto como este. Viajamos hacia la órbita de Júpiter, nuestra misión es
la investigación de lo que la ciencia denominó, “Glaciares Cuánticos”.
La física cuántica predice comportamientos paradójicos. Una
partícula cuántica no posee solo un valor de una cantidad física sino todos los
valores al mismo tiempo, algo que se llama superposición; dos partículas
cuánticas pueden permanecer ligadas o “entrelazadas”, aun a distancias
ilimitadas y sin ninguna conexión física de por medio; y se pueden teleportar a través del espacio vacío.
La
teoría de los glaciares cuánticos se remonta a unos cientos de años atrás,
cuando en la Antártida Argentina, un grupo de científicos encabezados por el
Dr. Mansilla, en la primera expedición al glaciarLarsen
B, un gigantesco glaciar que con más de 10.000 años, por aquellos tiempos.
Estaba ubicado en la península antártica, próximo a la base argentina Matienzo.
Cuando se produjo su quiebre y colapsaron casi 800 kilómetros cuadrados de
hielos de un promedio de 230 metros de espesor, de los cuales apenas 30 metros
emergían sobre el nivel del agua.
El Dr. Mansilla, físico y glaciólogo, profesor emérito de las mejores
universidades del sistema solar y sus satélites, considerado padre de la
teoría de los “glaciares cuánticos”, comprobó empíricamente la existencia de
energía protooriginaria en los bloques de hielo antártico, esto es el comienzo
de la materialización de la vida en el planeta tierra. Descubrió básicamente a
través de las leves longitudes de onda que emitía el glaciar Larsen B, había un
tipo de energía que provocaba pequeñas fisuras en el espacio-tiempo.
Para
sustentar su teoría aplicó un cuestionario con varios interrogantes de opción
múltiple a más de 350 científicos especialistas en física cuántica, sobre
conceptos básicos y su interpretación. Ninguna de las posibles respuestas
recibió apoyo unánime, porque mostraron un gran rango de opinión. Según el
investigador Francis Manzano “habría que ubicar primero dónde está el
problema” que hace que la teoría de los glaciares cuánticos sea tan difícil de
interpretar. En parte, esto se debe a que es muy abstracta, dada la pequeñez de
lo que describe.
Ya se
sabía a comienzos de la época postmoderna que la luz era una
onda electromagnética generada por partículas cargadas eléctricamente,
como los electrones, pero el problema era que los cálculos que usaban para
aplicar esta teoría contradecían los resultados del laboratorio del espectro de
luz generado por objetos calientes.
Masilla
probó varias soluciones para resolver el problema hasta que llegó a lo que
denominó “un acto de desesperación”, que consistió en la afirmación que la
teleportación de humanos era posible dado que el cuerpo no es más que la
conjugación de materiales compuestos por átomos y que los electrones que ellos
albergan, absorben o emiten fotones al tiempo que saltan entre niveles de
energía cuántica, en una cantidad muy pequeña. Esto le valió el Premio
Intergaláctico de Ciencia Aplicada.
La luz
que irradia una fuente es como arena derramándose, parece ser una corriente
continua, pero en realidad es una multitud de diminutos granos que se pierden
dentro del flujo mayor.
Aunque
físicos cuánticos sean consideraron radicales, no contradicen las visiones
existentes del mundo. La superposición, el entrelazamiento y la teleportación,
ya no se niegan como posibilidad. Los problemas se resolvieron cuando se aceptó
que la física cuántica no predecía valores definitivos para las propiedades
físicas, sino solo probabilidades.
II
Viajamos
a cincuenta mil kilómetros por hora es un viaje de siete años, pronto
entraremos en estado de hibernación, nos despertaremos al llegar a Europa, una
de las lunas de Júpiter cuya corteza está, por supuesto, cubierta de hielo.
La
descarga luminosa de los tubos fluorescentes impactó sobre nuestros ojos, la
sala de hibernación luce como una cámara frigorífica, paredes de acero con una
sutil capa de escarcha, el piso de cerámica blanca, los nichos en los que vamos
a yacer por unos años y que nos darán el soporte necesario para mantenernos con
vida, también plateados.
Necesitamos
comprender los raros efectos que provocaron las perturbaciones espacio –
temporales. Si deseamos entender lo que sucede que los glaciares cuánticos de
Europa, llevamos con nosotros una computadora cuántica que tiene el poder de
todas las supercomputadoras convencionales del universo
juntas.
Antes de
entrar en hibernación tengo que resolver unos problemas que me llevan
aproximadamente doscientos cuarenta días, Sara en cambio ya comenzó con su trabajo
onírico desde hace cinco horas.
Ya
estamos acercándonos al láser sobre el cual nos deslizaremos hasta Europa, una
especie de rayo lila intermitente desde el cual la nave toma energía para
impulsarte. No hay combustible más eficiente que un flujo iridiscente continuo
de láser lila. Una especie de monorriel a la velocidad de la luz, que decidimos
tomar, corriendo el riesgo de que no es segura la posibilidad que el láser
efectivamente llegue a nuestro rumbo, aunque se calcula que sí. Alcanzaremos la
luz en 20 minutos.
El viaje
transcurre lentamente, la aparición de algunas manchas de óxido me llamaron la
atención, los enchufes también y los caños que en algunos tramos no lucían
bien. Transcurrían los días y terminarían por un tiempo mis horas despierto, la
angustia me bloqueaba el hacer cotidiano y en seguida trataba de esconderme en
algún recuerdo placentero. ¡Difícil!
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